Por una lectura asistemática

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LECTURA

 

Una reseña de Tardes con Margueritte de Marie-Sabine Roger y/o de la película Mis tardes con Margueritte con Gérard Depardieu.

Es un lugar común que la falta de lectura sea uno de los puntos débiles de nuestra sociedad. Se adjudica esta ausencia a los jóvenes, cuando bien sabemos que los adultos tampoco leen, como decía María Elena Walsh ya en la década de los ‘80:

Ahora, cuando intercambiamos en el gueto páginas y comentarios, con la secreta ansiedad de los conspiradores, somos felices, pero melancólicamente pocos. Querríamos que los niños nos acompañaran, emularan y compartieran esa dicha, esa fatalidad, ese desinterés.

¡Pobres grandotes zonzos y pobres niños de cabecitas reducidas!

Desde fines del siglo pasado en el ámbito educativo occidental se viene analizando, discutiendo, debatiendo, reflexionando sobre el lugar de la lectura en el aula: qué y cómo, hasta cuándo y dónde, y para qué leer. Todos estos gerundios, que he utilizado para dar cuenta de la problematización de la lectura en las instituciones educativas, a mi entender se auto limitan, se subyugan a sí mismos cuando en su puesta en acción intentan y concluyen con un gerundio en común: sistematizando.

Los planes de lectura, por una parte, se han sumado a toda iniciativa propiciatoria de un leer como experiencia, como diálogo entre el texto y el lector; pero, por otra parte, contradictoriamente han difundido el imperativo “hay que leer”. Y si “hay que”, si hay imposición e imperativo, se necesita de un sistema, una regulación que dé cuenta de los resultados, de pautas de qué, cómo y para qué leer que reducen toda experiencia en acto acabado de enseñanza, en práctica utilitaria. Un oxímoron en el leer por placer/obligado que no da lugar a la falta ni a la necesidad ni al reclamo del lector; un leer que corre el riesgo de ser meramente una orden, un ordenamiento del buen ciudadano[2]. Y me detengo en el dando, que como todo gerundio demuestra una acción pero que no está definida ni por el tiempo, ni el modo, ni el número ni la persona: “Margueritte se detuvo [de leer en voz alta]. Me miraba con esa cara un poco orgullosa de alguien que te ha hecho un bonito regalo. Yo estaba impresionado. No sucede muy a menudo que alguien me dé una frase, ni que piense en mí mientras lee una novela”.

Y, así, debería desarrollarse la acción mediadora de la lectura: en cualquier tiempo, sin límite de duración: una página, dos o un cuento entero; agreguemos en todo lugar: una plaza, una casa, una cama, una institución, un hogar:

De los libros que me regala y que luego leo con el rotulador fosforito en la mano, siguiendo las líneas con el dedo, porque si no me pierdo: repito tres veces la misma línea y ya no entiendo nada de lo que está escrito. Y eso por no mencionar el diccionario, que, ahora, utilizo a menudo gracias a los papelitos que me prepara Margueritte –¿cómo haremos dentro de poco?–, ni el puto pavor que me produce, precisamente, no poder volver a leer yo solo nunca más; porque si antes Margueritte no me cuenta todo el libro, me da miedo que las palabras me entren por los ojos y que las mismas salgan, sin siquiera dar una vuelta por las entendederas.

¿De qué modo? Desde la espontaneidad de invitar a escuchar una lectura, de observar las respuestas del cuerpo, de compartir el comentario sobre lo leído; desde la llaneza de aceptar las solicitudes de ciertos libros:

Margueritte comenzó a leer con una vocecilla tranquila. Y luego, no sé si se dejó llevar por la historia, pero siguió hablando más alto y cambiaba de tono para diferenciar los personajes.

Cuando escuchas lo bien que lo hace, por muy mala voluntad que tengas y aunque no quieras que te interese lo que lee, ya es demasiado tarde. Te ves metido en la trampa. Al menos yo, la primera vez, me quedé pasmado […] De todos modos, Margueritte ni siquiera intentó comprobar si sabía geografía o lo que fuera. Se puso a leer, tranquila, sin preguntarme nada.

Dar a leer desde la ingenuidad del que no sabe y del que quiere saber; desde la confianza que dando a leer recuperamos, sin importar el número ni la persona, como lo logra la entrañable anciana, la capacidad de conmover que tienen los relatos, esa conmoción de las personas implica poner en movimiento, no someter.

Margueritte no sistematizó su dar a leer, acertadamente apeló a la emoción, a la sensibilidad y al afecto sobre la racionalidad intelectual; y sin embargo no desecha lo racional que está en la donación del diccionario. Margueritte vio en el protagonista –que en la ficción cinematográfica es un ser particular pero en la vida real es cualquiera de nosotros– al poseedor de “una cabeza en barbecho”[4], se construya y deconstruya, descubra su lugar en la sociedad, sea contagiado de ganas de apropiarse, como una “caza furtiva” de la lectura y que sepa que la cultura, como Margueritte, se hurta, se roba; porque es la única forma que sobreviva. Mediador y lector, Margueritte y Germain, sólo deben buscar las formas amorfas de multiplicar las oportunidades del encuentro con personas que no repitan el imperativo ‘hay que leer’ sino que tengan una actitud mucho más sutil frente a la lectura, lo más asistemática posible.

María Victoria Ferrara 

Profesorado Albino Sánchez Barros

 


[2] Sinopsis: Basada en la novela homónima de Marie-Sabine Roger, de la cual extraeremos las citas. Germain Chazes (Gérard Depardieu) es un hombre maduro y obeso que vive en una caravana, en el jardín de su madre, y su vida transcurre entre el café y el parque público. Los demás lo consideran un imbécil feliz, hasta que Margueritte (Gisèle Casadesus), una anciana muy culta, le descubre el universo de los libros y las palabras. Desde entonces, su relación con los demás y consigo mismo cambiará sensiblemente.

[4] Cabe destacar que Germain se inicia como lector pero después será el mediador de Margueritte y teniendo en cuenta que la primera novela que leen es La Peste de Albert Camus, me resulta interesante tener en cuenta que el nombre del personaje no es casual, es el mismo del profesor al que el escritor agradecerá al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1957.

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